Un pequeño gran salto para la autonomía
Las colonias, los campamentos y las excursiones de varios días son, para muchos niños, su primera experiencia durmiendo fuera de casa sin la familia. Un momento que puede despertar miedos muy reales: miedo al menú que habrá, a que les pase algo, a no dormir bien, a extrañar a mamá o a papá. Y, al otro lado, un miedo igualmente legítimo en los adultos que los acompañamos desde casa.
Como psicopedagoga, lo veo cada curso en las reuniones de AMPA y en las tutorías previas a los campamentos: hay familias que lo viven con mucha angustia. Y eso es completamente comprensible. Pero también sé, por experiencia, que la gran mayoría de niños regresan transformados: más seguros, más orgullosos de sí mismos, con historias que contar y amigos un poco más consolidados.
El miedo de los padres también existe (y merece ser nombrado)
Hay algo muy honesto en reconocer que, a veces, el que más miedo tiene no es el niño, sino el adulto. El miedo a que coman mal, a que se hagan daño, a que duerman en un lugar desconocido. Ese miedo merece ser nombrado, porque cuando no lo reconocemos puede colarse en la forma en que hablamos con nuestros hijos antes de la salida.
Si transmitimos nuestros temores de forma inconsciente —«¿seguro que quieres ir?», «¿y si te pasa algo?»— estamos cargando al niño con una mochila emocional que no le corresponde llevar. No se trata de fingir que no sentimos nada, sino de ser conscientes de cuándo nuestra preocupación se convierte en un obstáculo para la experiencia de nuestro hijo.
¿Es miedo del niño o miedo del adulto proyectado?
Antes de preocuparnos por si nuestro hijo «tiene miedo» al campamento, vale la pena preguntarnos: ¿quién lo está verbalizando más? Hay casos en que los niños están perfectamente tranquilos hasta que escuchan a un adulto plantear el tema con inquietud. En otros, el miedo es genuinamente del niño: a separarse, a lo desconocido, a no encajar en el grupo.
Distinguir ambos casos importa, porque la respuesta no es la misma. Con el niño que siente nervios reales, el acompañamiento emocional es clave. Con el niño que recoge nuestra ansiedad, lo más útil que podemos hacer es regularnos nosotros primero.
Qué hacer cuando tu hijo tiene miedo a la excursión escolar
- Valida el miedo sin amplificarlo. «Es normal que te dé un poco de respeto dormir fuera, es algo nuevo» es muy distinto de «¡Ay, pobrecito, claro que da miedo!». La validación nombra la emoción sin alimentarla.
- Centra la conversación en lo concreto. Los miedos se alimentan de la ambigüedad. Si tu hijo no sabe cómo serán los dormitorios, si podrá llamarte, a qué hora se apagan las luces, esa información le devuelve sensación de control. Habla con el tutor o busca los detalles en la circular.
- Anticipa sin exagerar. Hablar de lo que va a pasar ayuda. No hace falta pintarlo todo de color de rosa, pero sí dar una imagen realista: «Puede que el primer día eches de menos casa. Eso es normal y se pasa. La mayoría de niños acaban pasándolo genial.»
- Deja que practique, si quiere. Si el niño nunca ha dormido fuera, una noche en casa de los abuelos o de un amigo antes del campamento puede ser un buen ensayo. No como requisito, sino como opción si él lo propone.
- No lo conviertas en tema recurrente. Si cada noche a la hora de cenar se habla de «el campamento y si tienes miedo», el miedo crece. Una conversación honesta, y luego a otra cosa.
La despedida: el momento más difícil
La escena del autobús puede ser complicada para todos. Una despedida breve, afectuosa y segura es la mejor que podemos ofrecerles: «Te quiero, lo vas a pasar bien, nos vemos el viernes», y adiós con la mano. Las despedidas largas, las miradas de «¿estás seguro?», los abrazos que no terminan… no hacen que sea más fácil para el niño; a menudo lo dificultan.
Si tu hijo llora al subir al autobús, confía en el equipo docente. Los maestros y monitores que acompañan estas salidas saben gestionar ese momento, y la mayoría de niños se distraen en cuestión de minutos una vez el autobús arranca.
Lo que suele pasar al volver
La experiencia de muchas familias —y la mía acompañando a padres y madres en el entorno escolar— es que los niños vuelven cambiados, en el buen sentido: más autónomos, más orgullosos, con anécdotas que contar. A veces incluso los más reacios son los que más ganas tienen de repetir al año siguiente.
Eso no quiere decir que todos los niños vivan estas experiencias igual ni que ninguno pueda tener una primera vez difícil. Pero cuando el miedo inicial se respeta sin dramatizarlo, cuando el niño se siente capaz —no solo empujado—, la probabilidad de una experiencia positiva es mucho mayor.
Si tu hijo muestra una angustia desproporcionada o muy persistente ante cualquier tipo de separación, más allá de las excursiones, puede ser útil comentarlo con el orientador del centro o con un profesional de referencia. Pero para la mayoría de familias, lo que hace falta es un poco de preparación, confianza en los docentes y un abrazo corto, seguro y convencido en la puerta del autobús.