Una situación más frecuente de lo que parece
En mi trabajo como psicopedagoga en centros escolares y como formadora de familias, me encuentro cada vez más con esta situación: una madre o un padre que ve que su hijo está sufriendo —cambios de humor, llanto sin motivo aparente, dificultades para concentrarse en clase— y que cuando decide buscar ayuda psicológica, el otro progenitor se niega a dar su consentimiento. La sensación de impotencia es enorme. Y la pregunta que siempre surge es: ¿puedo hacer algo o tengo que esperar?
¿Qué dice la ley en España?
Cuando los padres están separados o divorciados y comparten la patria potestad —lo más habitual aunque la custodia sea exclusiva de uno—, las decisiones importantes que afectan al menor requieren el acuerdo de ambos progenitores. Esto incluye, en principio, el inicio de un tratamiento psicológico privado.
Sin embargo, la clave está en distinguir entre distintas vías de acceso a la atención psicológica, porque no todas tienen el mismo estatus legal:
- El orientador o psicólogo del colegio actúa dentro del marco educativo y puede realizar una valoración inicial del niño sin necesidad de autorización expresa de ambos padres, porque forma parte del servicio escolar ordinario.
- Los servicios públicos de salud mental infantil (CSMIJ, USMI o equivalentes según la comunidad autónoma) tienen sus propios protocolos y, cuando hay indicios de riesgo para el bienestar del menor, los profesionales pueden actuar aunque no exista acuerdo parental.
- La psicología privada sí requiere, en general, el consentimiento de ambos titulares de la patria potestad. Es aquí donde se concentran la mayoría de los conflictos.
Pasos concretos si el otro progenitor se niega
Lo primero es documentar. Si tu hijo está mostrando señales de que necesita apoyo emocional —informes del tutor, comunicaciones escolares, cualquier registro que refleje cambios de conducta— guárdalos. No como arma, sino como evidencia objetiva de que la necesidad existe.
A partir de ahí, hay varias vías posibles:
- Propuesta formal por escrito al otro progenitor. A veces la negativa viene del miedo a ser señalado como «el culpable» o de la desconfianza hacia el profesional concreto. Una propuesta escrita, con el nombre del psicólogo y el objetivo del proceso, puede desbloquear la situación sin necesidad de escalar el conflicto.
- Mediación familiar. Si hay voluntad aunque sea mínima por ambas partes, un mediador puede facilitar el acuerdo sin recurrir al juzgado. Es más rápido y mucho menos desgastante para todos, incluido el niño.
- Autorización judicial. Si la negativa persiste y el bienestar del menor está en juego, el progenitor que quiere la ayuda psicológica puede solicitar al juzgado que le autorice a tomar esa decisión de forma unilateral. Los jueces en estos casos aplican el principio de interés superior del menor. No es un proceso rápido, pero existe y los tribunales lo resuelven con relativa frecuencia.
- Vía escolar. Habla con el tutor y con el orientador del centro. En mi experiencia, es la vía más inmediata y menos conflictiva. El orientador puede hacer una primera valoración y, si lo considera necesario, activar protocolos propios del sistema educativo que no dependen del acuerdo entre los padres.
Lo que sí puedes hacer en casa mientras tanto
La espera es dura. Y mientras se resuelve la parte legal o se alcanza un acuerdo, tu hijo sigue necesitando apoyo. No tienes que ser terapeuta para ofrecérselo:
- Mantén rutinas estables. La previsibilidad es el mejor regulador emocional para los niños en momentos de incertidumbre.
- Dale espacio para expresar lo que siente, sin interpretarlo ni minimizarlo. «Veo que estás triste, cuéntame» es un punto de partida suficiente.
- Evita que el niño escuche conversaciones sobre el conflicto entre adultos o sienta que tiene que posicionarse.
- Si puedes, busca también apoyo para ti. No para hablar de tu hijo, sino para gestionar tu propio agotamiento. Estar bien tú es condición necesaria para acompañarle bien a él.
Una reflexión desde la práctica
He acompañado a muchas familias en esta situación. La negativa a llevar al hijo al psicólogo pocas veces es mala voluntad pura: suele haber detrás un miedo, una herida no resuelta o una desconfianza que tiene más que ver con la historia de la pareja que con el bienestar real del niño. Entender eso no significa aceptarlo, pero puede ayudar a buscar el camino menos dañino para todos. Y sobre todo, para él.