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Suiza prohíbe por ley la violencia educativa: qué son las VEO y cómo criar sin ellas

Suiza pone por escrito lo que la infancia lleva décadas necesitando

Desde el 1 de julio de 2026, el Código Civil suizo recoge de forma explícita que los niños y las niñas tienen derecho a ser educados sin violencia. No es un giro radical que caiga del cielo: es la culminación de un proceso social y jurídico que lleva décadas avanzando en Europa. Pero tiene un valor simbólico enorme, porque cuando el Estado lo escribe en su código civil, la sociedad recibe un mensaje claro: no hay violencia educativa pequeña ni justificada.

¿Qué son las VEO y por qué importa tanto este término?

VEO son las siglas de Violencias Educativas Ordinarias. El concepto agrupa todo aquello que, por estar tan normalizado en la cultura de la crianza, se ha vuelto casi invisible: el cachete «de toda la vida», el grito cuando se acaba la paciencia, la amenaza («como no pares, te quedas sin postre»), ridiculizar delante de los hermanos o el chantaje emocional («me pongo muy triste cuando haces eso»).

No hablo de abusos graves, aunque las VEO pueden escalar hacia ellos. Hablo de lo que ocurre en muchos hogares completamente normales, con padres que quieren a sus hijos profundamente. El problema es que el cerebro del niño registra estas situaciones como amenazas, y cuando percibe amenaza, no aprende: se defiende. La información no entra, el vínculo se resiente y el modelo que el niño interioriza es que la fuerza o el miedo resuelven los conflictos.

¿Y en España, cómo estamos?

En España tenemos desde 2021 la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI), que prohíbe expresamente cualquier forma de violencia física o psicológica en la educación de los hijos. Es decir, a efectos legales, ya no existe ningún «derecho de corrección» que ampare el cachete o el insulto como herramienta educativa.

Lo que falta, en gran medida, es que esa realidad jurídica se traduzca en cambios reales de conducta. Muchas familias siguen sin conocer la ley, y otras la conocen pero no saben exactamente qué hacer en lugar de lo que siempre han hecho. Ahí es donde entra el trabajo de acompañamiento.

Por qué criar sin VEO es más difícil de lo que parece (y más posible de lo que creemos)

Cuando trabajo con familias en talleres de disciplina positiva, el primer obstáculo no suele ser la falta de voluntad. El mayor freno es la creencia de que sin la amenaza, el grito o el castigo, los hijos simplemente «no obedecerán». Es una trampa lógica: si el miedo ha sido la herramienta principal, parece que sin él no queda nada.

Lo que sabemos sobre desarrollo infantil apunta en otra dirección. Los límites sostenidos con calma, la firmeza amable, la explicación adaptada a la edad y la conexión emocional antes de corregir son estrategias que funcionan a medio y largo plazo, precisamente porque actúan sobre el sistema de aprendizaje del niño, no sobre su sistema de alerta.

Tres puntos de partida concretos

  • Nombra antes de corregir. «Veo que estás muy enfadado porque querías seguir jugando» activa la parte del cerebro que puede escuchar. El grito o el castigo inmediato cierra esa ventana antes de que se abra.
  • Diferencia entre límite y castigo. El límite dice «esto no» y ofrece una alternativa o una consecuencia lógica. El castigo dice «serás castigado» y genera miedo, no comprensión ni aprendizaje real.
  • Identifica tu propio detonante. La mayoría de los momentos en los que usamos una VEO no son realmente sobre el niño: son sobre nuestro nivel de estrés, de cansancio o de cómo nos educaron a nosotros. Reconocer qué te dispara es el primer paso real hacia el cambio.

Lo que el ejemplo suizo nos recuerda

Que Suiza lo incluya en su código civil en 2026 no es noticia porque sea el primer país en hacerlo —más de sesenta países ya cuentan con alguna forma de prohibición explícita— sino porque refuerza un consenso que lleva décadas construyéndose: la violencia, aunque sea «pequeña» y aunque esté bien intencionada, no educa. Deja huella.

En mi experiencia de quince años trabajando en gabinetes escolares y con equipos docentes, el momento en que una familia deja de buscar «cómo conseguir que obedezca» y empieza a preguntarse «qué está necesitando y cómo puedo ayudarle», algo cambia. No de golpe, y con tropiezos. Pero en la dirección correcta.

Si sientes que hay patrones en tu forma de gestionar los conflictos con tus hijos que te gustaría revisar, busca apoyo profesional: psicólogo, psicopedagogo, educador familiar. No hace falta esperar a que sea urgente para pedir ayuda.

Fuentes

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